¿Cómo te alimentas?

¿Sabías que, según estudios realizados, en el trascurso de nuestra vida los occidentales habremos comido un promedio de ciento cincuenta vacas, dos mil cuatrocientos pollos, doscientos veinticinco corderos, veintiséis ovejas, trescientos diez cerdos, diez hectáreas de grano y veinte hectáreas de fruta y vegetales? ¡Esto es un montón de comida! No cabe duda de que nuestro cuerpo estará bien alimentado; pero… ¿qué ocurre con la alimentación del alma? ¿Te has hecho alguna vez esta pregunta? ¿Crees que existe dentro de tu ser otra parte, de características espirituales, que debería preocuparte? En los evangelios, el mismo Señor Jesucristo hace una declaración sorprendente sobre esto; dice así: “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo y perdiere su alma?…” Mateo 16:26.

Perder el alma es algo trágico ¿De qué sirve tener un cuerpo bien alimentado si el alma  queda en un estado de “raquitismo” espiritual que acarrea la muerte? La muerte del alma no quiere decir que dejará de existir, esto es imposible pues es inmortal y eterna, significa que pasará la eternidad en un lugar llamado infierno y en un estado de sufrimiento constante e irreversible. Una vez que se entra es imposible salir; “…temed más bien a Aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”, nos advierte el Señor en el evangelio de Mateo (10:28).

Querido amigo, éste es el motivo por el que Cristo vino a este mundo, convivió con el hombre y murió en el esplendor de su juventud en una horrible cruz para que nuestra alma no se perdiese, para que pudiésemos disfrutar aquí y ahora de paz interior y, sobre todo, de una eternidad en la presencia de Dios donde el gozo, la alegría y la paz son sus principales características. Cristo no vino a formar una religión, vino a buscarte a ti y a mí, a solucionar  el gravísimo problema  que el pecado había producido en nuestra relación con Dios. La Escritura declara, sin la menor duda, que todos los hombres somos pecadores y por causa de nuestro pecado estamos muertos, siendo nuestro destino final el infierno. La justicia de Dios nos declara culpables y nos condena a vivir para siempre sin Dios; pero…, créeme, vivir sin Dios aquí y en la eternidad es la peor de las muertes.

Es trágica la situación espiritual del ser humano, ¿verdad? Pero, ¡bendito sea el Señor!, hay solución, la única: aceptar por fe el inmenso amor de Dios en la persona de Jesucristo. Aceptar con humildad y constreñimiento que su muerte cruel sirvió para pagar tu deuda con Dios por tus pecados y darte vida. Cree en Jesús y serás salvo. Cristo es el alimento que nutrirá tu alma y el pasaporte para la eternidad con Dios. No rechaces la obra de amor que realizó por ti. Acéptalo en tu corazón.

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